Los sentimientos encontrados de un viaje entre fronteras
- Daniela Cayama
- 15 dic 2023
- 2 min de lectura

Para rememorar el día mundial del migrante, considero relevante el abordar mi propia historia.
Tenía de todo cuando joven, incluso los problemas mundanos típicos de toda familia. Sin embargo, bajo un nuevo régimen, la realidad cambió. Cosas, lugares o personas desaparecían y eran reemplazadas por otras.
Más estrés, más carencias empezaron a aparecer. Mi yo de más joven, quien muchas experiencias estaban perdiendo deseaba cambiar de ambiente, sobre todo por sus allegados y el deseo que nunca se esfumó de conocer nuevos horizontes.
Mi familia estuvo de acuerdo, pero no se podían ir todos, no. Aun tenían responsabilidades que cumplir, así que mi padre y hermano se quedaron en la tierra conocida como un paraíso tropical en antaño, mientras mi madre y yo partimos para buscar una mejor calidad de vida.
Un viaje de siete días se emprendió con pequeños tropiezos, reencuentros, complicaciones por un trozo de papel, así como otras experiencias. Luego de unas fronteras cruzadas y vehículos transitados, en el penúltimo mes del año llegué a Perú, donde lo primero que me sorprendió fue el frío constante, cuya sensación en el aire distaba de la de mi tierra natal, pero era tranquilizadora.
El primer año fue turbulento por decir lo menos, pasé de que nunca me faltara lo básico a preocuparme de siquiera poder comer un día. Comida dañina, sin capacidad de un preparar una comida completa porque no poseíamos siquiera una refrigeradora.
Un quesillo o una leche azada, mismo platillo, pero con distinto significado emocional a veces era extrañado. El sabor de la cocina de mi padre, las risas de mis amigas, las peleas con mi hermano. El desasosiego se mantenía presente, pero frente a una nueva responsabilidad, el sentido del deber para superar las penurias y establecer un nuevo futuro era lo que nos mantenía a mi madre y a mí.
La diferencia en el dialecto y las costumbres a veces se hacía notar. Palabras mal interpretadas que resonaban en los nativos de la tierra con gran gastronomía hacían estallar sus risas, a veces incómodas y a veces genuinas, no impidió que formara algunos lazos que conservaré con gran cariño y cuidado. Así el tiempo transcurrió, pasé la secundaria, así como la inesperada pandemia.
Mis deseos por estudiar en la universidad se lograron alcanzar, pues en parte por mis notas y en gran medida debido al sustento de mis padres, la oportunidad de instruirme en una casa de estudios superior se abrió, un lujo que no todas las personas pueden disfrutar acorde a las estadísticas. A cambio, la distancia se ha mantenido, no solo en forma literal, sino en tiempo. Seis noviembres han transcurrido hasta la fecha desde la última vez que sentí el calor de los brazos de mi padre.




Comentarios